sábado, 9 de junio de 2007

VALLE-INCLAN

Sonata de primavera(fragmento)



(...) Cuando yo entré, quedóse un momento indecisa. Sus ojos miraron medrosos hacia la puerta, y luego se volvieron a mí con ruego tímido y ardiente. Llenaba en aquel momento el último florero, y sobre sus manos deshojóse una rosa. Yo entonces le dije, sonriendo:

-¡Hasta las rosas se mueren por besar vuestras manos!


Ella también sonrió contemplando las hojas que había entre sus dedos, y después con leve soplo las hizo volar. Quedamos silenciosos. Era la caída de la tarde y el sol doraba una ventana con sus últimos reflejos. Los cipreses del jardín levantaban sus cimas pensativas en el azul del crepúsculo, al pie de la vidriera iluminada. Dentro, apenas si se distinguía la forma de las cosas, y en el recogimiento del salón las rosas esparcían un perfume tenue y las palabras morían lentamente igual que la tarde. Mis ojos buscaban los ojos de Maria del Rosario con el empeño de aprisionarlos en la sombra. Ella suspiró angustiada como si el aire le faltase, y apartándose el cabello de la frente con ambas manos, huyó hacia la ventana. Yo, temeroso de asustarla, no intenté seguirla y sólo le dije después de un largo silencio:

-¿No me daréis una rosa?

Volvióse lentamente y repuso con voz tenue:

-Si la queréis...

Dudó un instante, y de nuevo se acercó. Procuraba mostrarse serena, pero yo veía temblar sus manos sobre los floreros, al elegir la rosa. Con una sonrisa llena de angustia me dijo:

-Os daré la mejor.


Ella seguía buscando en los floreros. Yo suspiré romántico:
-La mejor está en vuestros labios.

Me miró apartándose pálida y angustiada:

-No sois bueno... ¿Por qué me decís esas cosas?

-Por veros enojada.

-¿Y eso os agrada? ¡Algunas veces me parecéis el Demonio!

-El Demonio no sabe querer.

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